"Voy aquí a la vuelta. No me tardo nada."
Eso fue lo último que Andrea escuchó antes de cerrar la puerta.
Karla le había dejado a Mateo, su hijo de seis años, con una tableta y una bolsita de papas. Se conocían desde hacía años. Andrea ya lo había cuidado otras veces, sin problemas.
Mateo se sentó en la sala, abrió un juego y empezó a comer.
A los cuarenta minutos, Andrea miró el reloj. Todavía no era para alarmarse: una fila larga, una conversación inesperada. Mandó un mensaje.
—¿Todo bien?
Nada.
A la hora, llamó. Directo al buzón.
Mateo levantó la mirada de la tableta.
—¿Cuándo viene mi mamá?
—Ahorita, seguramente.
Lo dijo con una sonrisa que no sentía.
Karla no había dicho a qué tienda iba. No había dejado hora de regreso, ni instrucciones, ni un plan por si algo pasaba. Solo que estaría cerca.
Andrea empezó a imaginar accidentes. Un choque. Un desmayo. El teléfono tirado bajo el asiento de un coche. También empezó a enojarse: tenía planes, y no podía moverse. Ni siquiera sabía cuánto tiempo más debía esperar antes de aceptar que aquello ya no era un retraso.
A las dos horas, buscó en la mochila de Mateo. Ahí estaba la tarjeta de emergencias que Karla había guardado tiempo atrás: el pediatra, dos indicaciones médicas y el teléfono de su hermana mayor.
Marcó.
La hermana contestó de inmediato. Escuchó, hizo una pausa, y le contó algo que Karla no había mencionado: horas antes le había escrito que iría a ver un coche con un hombre con el que estaba saliendo. Que probablemente estaría ocupada un buen rato.
La hermana llegó pronto. Guardó la tableta, tomó a Mateo de la mano y agradeció la llamada. Fue amable, pero hablaba poco y tenía la mandíbula apretada.
Treinta minutos después, llamó Karla. No comenzó con una disculpa.
—¿Por qué le hablaste a mi hermana?
Dijo que la había hecho quedar como mala madre. Que su celular se quedó sin batería. Andrea le preguntó por qué no había dicho la verdad desde el principio.
—Porque me habrías dicho que no.
Y luego, más bajo: que llevaba más de un año criando sola a Mateo sin una sola tarde libre. Que era la primera vez que salía con alguien desde el divorcio. Que Mateo estuvo seguro todo el tiempo, y ella lo sabía.
Todo eso era cierto.
También era cierto que lo consiguió con una mentira, y que durante dos horas Andrea solo sabía una cosa: una madre había prometido volver en veinte minutos, y su hijo seguía en la sala preguntando por ella.
No era una compra rápida. Nunca lo fue.
¿Andrea hizo bien en llamar a la hermana, o convirtió un conflicto entre amigas en un juicio familiar?
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