Los martes y los viernes, Marta compraba dos conchas en la panadería de la esquina. Una para ella y otra para su madre, que ya casi no comía pero todavía preguntaba por el pan. Llevaba cuatro años viviendo en la casa de la calle Nogal, en su antiguo cuarto de adolescente, con las mismas cortinas de flores que alguna vez prometió cambiar.
Se había mudado cuando a su madre le fallaron las rodillas. Iba a ser cosa de unos meses. Luego vinieron el azúcar, la cadera, los mareos de las madrugadas. Marta rechazó un puesto en Querétaro porque los tratamientos no podían interrumpirse. Su hermano Rubén, desde Monterrey, depositaba cada mes lo de las medicinas y las consultas. En cuatro años no falló un solo depósito. Tampoco vino una sola Navidad, aunque siempre mandó regalos, y los regalos siempre eran buenos.
La madre murió un miércoles de marzo, dormida. En el velorio, Rubén abrazó a Marta durante mucho rato y le dijo al oído que ella había sido la mejor de los dos. Marta no contestó.
No había testamento. La madre decía que los papeles eran para gente desconfiada. La casa, por ley, quedó a nombre de los dos hermanos, mitad y mitad.
En abril, Rubén llamó un domingo. Contó que su hija mayor había entrado a la universidad, una privada, la única con la carrera que quería estudiar. Después de un silencio preguntó, con cuidado, si Marta había pensado qué hacer con la casa. Un conocido le había dicho que por la zona estaban pagando bien.
—Es que yo vivo aquí —dijo Marta.
—Ya sé. Nadie te está corriendo. Nomás pregunto.
Colgaron sin pelearse. Esa noche, Marta sacó una libreta e hizo cuentas: cuatro años de noches interrumpidas, de citas médicas, de baños con esponja. Buscó en internet cuánto cobraba una enfermera de planta. El número la asustó y guardó la libreta en el cajón.
Rubén también hizo cuentas. Cuarenta y ocho depósitos, sin contar la silla de ruedas ni la ambulancia de la última vez. Y cuatro años en los que su hermana no pagó renta, ni luz, ni agua, porque todo salía de la tarjeta de la madre, que él rellenaba.
En mayo, la esposa de Rubén llamó a Marta. Fue amable. Dijo que ellos no querían pleitos, que la niña empezaba clases en agosto, que las colegiaturas no esperaban. Dijo también, casi al final, que a ella le constaba que Rubén lloraba a escondidas por no haber venido más.
—Nadie le pidió quedarse allá —dijo Marta.
—Nadie le pidió a tu mamá enfermarse —dijo la cuñada, y enseguida pidió perdón.
Marta empezó a dormir mal. Un agente inmobiliario dejó una tarjeta bajo la puerta; ella la tiró, luego la recogió del bote y la puso bajo el imán del refrigerador, junto a la lista del mandado que su madre nunca llegó a terminar.
El primer sábado de junio, Rubén mandó un mensaje: había agendado un avalúo para el martes a las diez, si a ella le parecía. Que solo era para saber, que saber no comprometía a nada. Que si ella quería, podía comprarle su mitad poco a poco, sin intereses, como ella pudiera.
Marta leyó el mensaje dos veces. Pensó en la carrera de su sobrina, a la que había cargado de bebé. Pensó en su cuarto de adolescente, en las cortinas de flores, en las conchas de los martes.
Escribió: «Haz lo que quieras».
Borró la frase.
El martes a las diez sonó el timbre.
Marta le recordó que la madre había dicho muchas veces que la casa era para ella. Se lo dijo en la cocina, pelando naranjas. Se lo dijo en el hospital, la última vez. Rubén tardó en responder. Dijo que a él nunca le mencionó nada, y que las cosas que se dicen pelando naranjas no se pueden firmar.
¿Marta debe abrir la puerta al del avalúo?