Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 033 · 6 de septiembre de 2026
amistaddineropromesas

A los veintidós firmaron en una servilleta que el que ganara más pagaría un viaje si a los treinta y cinco seguían solteros. Él la puso sobre la mesa.

La servilleta era de un bar de la Ciudad Vieja que ya no existe. Montevideo, una fiesta de egresados, los dos con veintidós años y esa seguridad de que la vida se firma en papel. Óscar escribió con marcador prestado: "Si a los 35 ninguno de los dos se ha casado, el que gane más plata le paga al otro un viaje a la playa." Firmaron los dos. Firmaron de testigos Camila y el Flaco, que exigió que constara la fecha. Hubo aplausos y alguien pidió otra ronda.

La servilleta sobrevivió de broma en broma. Apareció en la mudanza de Óscar, metida en un libro de cálculo. Reapareció plastificada, obra de Camila, en la despedida de soltero de Beltrán, donde el Flaco la leyó en voz alta y brindaron por la apuesta que moría esa noche. Beltrán se casó a los veintinueve con Sofía. Se divorció a los treinta y tres. Los meses del divorcio durmió tres veces por semana en el sillón de Óscar, que le cocinaba tallarines y no hacía preguntas, aunque después contaba la anécdota con demasiados detalles.

A Beltrán le fue bien. Entró a una fintech, después a otra mejor, y ahora mandaba fotos desde aeropuertos con comentarios sobre el clima. A los asados de los martes llegó cada vez menos: primero avisando, después sin avisar. Óscar daba clases en un liceo y diseñaba logos por encargo. No le sobraba, pero tampoco pedía.

La comida por los treinta y cinco de Óscar fue en el fondo de la casa de Camila. Estaban el Flaco, dos compañeras del liceo, Beltrán recién bajado de un vuelo. Con el postre servido, Óscar se limpió las manos, sacó de la mochila una carpeta y de la carpeta la servilleta plastificada. La puso en el centro de la mesa, junto a la torta.

—Hoy tenemos treinta y cinco los dos —dijo—. Ninguno está casado. Vos ganás más. Quiero mi viaje.

Beltrán se rio con ganas, mirando alrededor para repartir la risa. Nadie la agarró. Óscar no se rio.

—Yo estuve casado cuatro años, bo —dijo Beltrán—. Acá dice "si ninguno se ha casado". Yo me casé. La apuesta murió en mi despedida. Brindaste vos.

—La apuesta era otra cosa —dijo Óscar—. Era llegar a los treinta y cinco solos. Mirá la mesa. Llegamos.

El Flaco opinó que era un chiste de hace trece años. Camila dijo que los testigos no opinan, y opinó igual: firmado es firmado. Una compañera del liceo preguntó cuánto salía un viaje a la playa. Nadie contestó, aunque todos hicieron la cuenta: para Beltrán, menos que el asiento con más espacio que pagaba en cada vuelo. El Flaco recordó, de paso, que en 2011 él mismo había cobrado una apuesta de un asado por la final del fútbol cinco, y que nadie chilló.

—Si es por la plata, te presto lo que necesites —dijo Beltrán, más serio.

—No quiero que me prestes —dijo Óscar—. Quiero que pagues.

Camila fue a la cocina a buscar hielo que nadie había pedido. Sobre la mesa, la servilleta plastificada juntaba reflejos del sol. Beltrán la levantó y la leyó entera, quizás por primera vez en trece años. La letra era la de Óscar, pero la firma suya estaba ahí, torcida, joven, con la fecha que el Flaco había exigido. Miró a Óscar por encima del plástico.

—Vos leé lo que firmaste —dijo Óscar.

—Decime en serio. ¿Es por los martes?

Óscar acomodó las migas del mantel con el canto de la mano, con mucho cuidado, como si eso fuera lo urgente. El Flaco abrió la boca y Camila, volviendo con el hielo, le hizo un gesto de que no. Del living llegó la voz de una de las compañeras preguntando si prendían la estufa o ya se pasaban todos afuera.

Beltrán dejó la servilleta en el centro de la mesa, boca arriba, entre los dos platos de torta. Después sacó el teléfono, lo apoyó al lado, desbloqueado, y se quedó mirando a Óscar sin decir nada.

—¿Esto es por el viaje o es por otra cosa? —preguntó.

¿Debe Beltrán pagar el viaje?

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