Raúl se hace análisis cada año porque Norma agenda la cita y porque después pasan a desayunar barbacoa. Este año, en Saltillo, los análisis salieron con un número alto, y el doctor Ferreira, que los atiende desde hace treinta años, pidió más estudios. Después los citó en el consultorio de siempre, el de la lámpara que zumba, y les habló de frente, como siempre: había un tumor en la próstata. Chico. Agarrado a tiempo.
—Esto se opera y se acabó —dijo—. Te programo con Malda, que es de toda mi confianza. En seis meses andas dando lata otra vez.
Raúl le dio la mano. Norma pidió una copia de los estudios.
Ferreira había atendido las anginas de los muchachos, la caída de Raúl del techo del taller, las presiones de Norma. En los años malos, cuando el taller estuvo a punto de cerrar, apuntaba las consultas en una libreta de espiral y decía "luego vemos". Nunca cobró intereses ni prisa. Se acordaba de los cumpleaños. También era el que atajaba las preguntas de Norma con la misma frase: no te metas a internet, eso nomás asusta.
Esa noche Norma no durmió. Al día siguiente llamó a su sobrino, residente en un hospital de Monterrey. El sobrino leyó los números por teléfono y se quedó callado un momento.
—Tía, con esto hay más de un camino. Déjame conseguirte una cita.
Norma fue sola, un jueves, sin decirle a Raúl. Tomó el camión de las seis y cuarto con el sobre de los estudios en la bolsa. El especialista era joven, tendría la edad de sus hijos, y la recibió en un consultorio con dos pantallas. La atendió cuarenta minutos. Le explicó qué medía cada número. Le dijo que operar no era la única ruta: había tratamientos menos invasivos, y en casos como ése, a veces, vigilancia estrecha antes que cirugía. Mencionó secuelas de la operación que nadie les había nombrado. No dijo que Ferreira estuviera mal. Dijo: es una escuela; hay otra más nueva. Que fuera el paciente, que preguntara lo que quisiera.
Norma se lo contó a Raúl el sábado, con el mantel de por medio.
—¿Fuiste a Monterrey con mis estudios? ¿Sin decirme?
—Fui a preguntar.
—¿Y Ferreira qué? Treinta años, Norma. Nos fió hasta las medicinas. ¿Y le hacemos esto?
—No le estamos haciendo nada a él. Es tu cuerpo.
—Ese muchacho ni me ha visto la cara. Ferreira se sabe hasta el apellido de mis muertos.
Raúl decía que no había nada que pensar, pero esa semana sacó dos veces el sobre de los estudios del buró y lo leyó despacio, moviendo los labios. El lunes llamó Ferreira: ya tenía fecha tentativa con Malda, había que ir a firmar papeles. Norma, para entonces, ya había agendado otra cita en Monterrey, jueves a las nueve cuarenta, ahora para los dos. La había apartado antes de contarle a Raúl. No la canceló.
—¿Y si voy y el muchacho tiene razón? —dijo Raúl—. ¿Con qué cara vuelvo con Ferreira?
—¿Y si no vas y tenía razón?
Raúl no contestó. Estuvo un rato acomodando la herramienta que no necesitaba acomodo. Su hija mayor, por teléfono, le dijo que los doctores no se pelean por eso, que para eso existen las segundas opiniones. Su compadre Chuy le dijo lo contrario: que a un médico que te fio las consultas no se le paga así, que la confianza también cura.
El miércoles en la noche Norma planchó la camisa buena de Raúl y la colgó en la puerta del ropero, sin decir para qué. Raúl la vio y se metió a bañar.
—Ahí tú sabes —dijo desde el pasillo, con la toalla al hombro.
El camión a Monterrey sale a las seis y cuarto. Norma dejó los boletos sobre la mesa de la cocina, debajo de una naranja para que el aire del ventilador no se los llevara. Eran dos.
—Es nada más oír —dijo Norma—. Oír no es traicionar a nadie.
¿Raúl debe subir al camión de las seis y cuarto?