Antes de la pandemia, los sábados había que gritar para oírse. El local era un centro de juegos bajo techo: luces, música, fiestas de cumpleaños empalmadas en tres salones. Germán, el gerente, llevaba seis años ahí; había armado con sus manos la mitad de lo que sonaba y giraba. La empresa rentaba el edificio, pero todo lo de adentro —el piso de colores, las divisiones, las barras, la cocina, los juegos— lo había pagado e instalado ella, pieza por pieza, a lo largo de los años. El piso de colores del salón grande lo colocaron un verano, en tres noches, para no cerrar ni un solo sábado.
El contrato de renta estaba vencido desde el invierno. La renovación se negociaba despacio, en parte porque el dueño, el señor Ibarra, era difícil de localizar. Nadie tenía prisa.
Entonces llegó marzo de 2020. Las puertas cerraron, los empleados se fueron a casa. El local, aun vacío y a oscuras, siguió pagando renta puntual. Germán iba dos veces por semana a revisar que no se metiera el agua.
La carta llegó un jueves, por mensajería. Siete días para desalojar. Y una línea final: todo lo que quedara dentro después del séptimo día pasaría a ser propiedad del arrendador.
En tiempos normales, vaciar el local tomaba semanas: había juegos ensamblados adentro, estructuras sujetas al techo. En confinamiento, sin fletes, sin bodegas, sin poder juntar gente, parecía imposible.
Germán consiguió el teléfono de Ibarra y lo llamó. Fue una conversación corta. Ibarra dijo que el contrato estaba vencido desde hacía meses. Que esa renta era su único ingreso y con eso mantenía a su señora, que estaba enferma. Que llevaba semanas oyendo que las empresas de fiestas no iban a sobrevivir, y que él no podía darse el lujo de esperar a ver. Que la cláusula la había puesto su abogado y era la de siempre.
—Yo también tengo que comer —dijo, antes de colgar.
Dos días después, alguien del equipo encontró el anuncio en internet. Ibarra ya ofrecía el local a otras compañías del mismo giro. No anunciaba el edificio: anunciaba el negocio. «Listo para operar. Solo necesita cambiar de marca.» Las fotos mostraban los juegos, las barras, las luces. Todo lo que la carta convertiría en suyo al octavo día.
El plan cabía en una frase: que siete días no alcanzaran.
Alcanzaron. Dos negocios vecinos prestaron sus bodegas. Dieciséis empleados volvieron en plena pandemia, con cubrebocas y por turnos, algunos sin cobrar todavía la quincena. En seis días desmontaron, cargaron y acomodaron todo lo que valía algo: los juegos, las máquinas, la cocina, el sonido. Parte se vendió esa misma semana, y con eso la empresa pagó sueldos que no sabía de dónde iban a salir. En seis días no faltó nadie.
A las cinco, el flete del último día estaba confirmado y pagado. Los muchachos esperaban junto a la puerta con barretas y taladros, sudando bajo los cubrebocas. Uno de ellos había trabajado ahí ocho años; otro llevaba dos meses sin pagar su renta completa.
El de las barretas se acercó a Germán, que miraba el piso de colores del salón grande, el que él mismo ayudó a colocar.
—¿Entonces qué, jefe? —dijo—. ¿Lo arrancamos?
La tarde del sexto día, el local ya era otro. Quedaba lo que la empresa siempre dejaba atrás en las mudanzas: el piso especial que ellos pusieron, los muros de madera que dividían los salones, las lámparas de los techos altos, la oficina armada del gerente. Arrancar todo eso costaba más de lo que valía suelto; en cualquier desalojo anterior se quedaba, porque reponerlo salía más barato que llevárselo. Sin ese piso y esos muros, el anuncio de Ibarra era un galerón vacío.
¿Germán debe dar la orden de arrancar el piso?