Mariana trabajaba desde casa y cerraba la computadora a las tres. Bajaba a la alberca del fraccionamiento cuando todavía no llegaba nadie, hacía sus vueltas y, desde hacía un mes, si los niños vecinos se acercaban, les enseñaba a flotar y a cruzar. Gratis, de tres a cinco, sin anuncios ni negocio. Había empezado con dos niños; ya iban siete.
Una de las mamás compartió su número.
El martes a las 10:08 llegó un mensaje de un número desconocido:
—Hola. ¿Tú eres la que enseña natación? ¿Le puedes enseñar al mío? No puedo pagar.
Antes de que Mariana levantara el teléfono entraron tres mensajes más: que si era gratis, que si estaba ahí, que por favor respondiera. Cuando contestó, casi a la una, explicó que sí, que no cobraba, y que en horas de trabajo tardaba en responder.
—Perdón por la insistencia —escribió Claudia—. Solo tengo diez minutos de descanso y luego guardamos el teléfono en un casillero.
Claudia trabajaba en la caja de un supermercado, turno de tres a once. Su hijo Iker, de seis años, se quedaba con la abuela, a la que ya no le daban las rodillas para bajar a una alberca. El único hueco de Claudia era de una a tres, antes de entrar al turno. Preguntó si Mariana podía a la una.
Mariana respondió que a esa hora estaba trabajando. Que su horario era de tres a cinco.
—Pero trabajas en tu casa. Una vecina me dijo que tienes horario flexible.
Mariana leyó el mensaje dos veces antes de contestar que flexible no era lo mismo que libre.
Los mensajes siguieron toda la semana. Que Iker era el único niño de la privada que no sabía nadar. Que los demás ya cruzaban la alberca y a él lo dejaban en la orilla. Que era un niño nervioso, se asustaba con los gritos, aprendería mejor sin los otros. Claudia propuso un mes de clases a la una, los tres solos, empezando el sábado. Pidió también que Mariana llevara unos goggles extra: Iker no tenía, y en la papelería costaban lo que ella gastaba en camiones en una semana.
Mariana ofreció lo que pudo: preguntar si alguna mamá podía llevar a Iker a las tres con el grupo, o el curso de la unidad deportiva, que costaba cuatrocientos pesos al mes. Claudia contestó que a las tres ella ya estaba formada en la caja y que no iba a mandar a su hijo con desconocidas. Que cuatrocientos pesos eran cuatrocientos pesos.
—No soy instructora —escribió Mariana—. Un niño nervioso, en una alberca que le dobla la estatura, necesita un profesional. Eso no me lo puedes cargar a mí.
La respuesta tardó en llegar.
Mariana dejó el teléfono bocabajo y se metió a nadar. Esa tarde les enseñó a los siete niños de siempre. Dos ya cruzaban solos la parte honda.
El viernes por la noche llegó el último mensaje:
—¿Sabes qué? Mañana lo meto yo a la alberca. Yo no floto ni en la parte baja, pero él ya no va a ser el único que no sabe. Si algo pasa, tú sabías desde hoy.
Mariana escribió tres respuestas. Borró las tres. Pensó que era teatro. Lo pensó varias veces, con distintas palabras, hasta las dos de la mañana.
El sábado amaneció despejado. Los sábados la alberca no tiene vigilante y casi nadie baja antes de las cuatro. A la una menos diez, desde la ventana de su estudio, Mariana vio cruzar el estacionamiento a una mujer en pants y a un niño flaco con una toalla enrollada bajo el brazo.
La computadora seguía encendida. El traje de baño, colgado junto a la puerta.
—El profesional cuesta. Tú no.
¿Mariana debe bajar a la alberca?