Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 012 · 16 de agosto de 2026
hijoshonestidadamistad

Su hijo ganó la feria de ciencias y el cupo al campamento. Después encontró el video del que copió la hipótesis, palabra por palabra.

En el colegio de Mateo, en Lima, la feria de ciencias es en junio, y el premio desde hace dos años no es una medalla: es un cupo becado en el campamento científico de enero, ese que sale en las fotos con telescopios y chalecos naranjas.

Lorena y Patricia son amigas desde hace quince años, desde su primer trabajo. Sus hijos nacieron con cuatro meses de diferencia y comparten pediatra, colegio y la mitad de la ropa. Bruno, el de Patricia, quería el campamento desde el año pasado, cuando quedó a un punto de ganarlo. Patricia lo contaba en los desayunos de los jueves: que Bruno tenía una cuenta regresiva en su cuaderno, que preguntaba cuánto faltaba para junio.

Ganó Mateo. Su purificador de agua con botellas y carbón activado ocupó la mesa del comedor tres semanas. En la feria explicó sin leer, respondió las preguntas del jurado, y la profesora Ruiz elogió delante de todos "la madurez de la hipótesis". Bruno quedó segundo con sus girasoles que siguen la luz. En la premiación, Patricia abrazó a Lorena con los ojos mojados y le dijo: le tocaba a Mateo, el otro año va Bruno. Y les tomó fotos a los dos chicos juntos, cada uno con su diploma.

Semanas después, Lorena se puso a liberar espacio en la computadora de la casa, que iba a regalarle a su sobrina. En una carpeta que decía "feria" encontró el enlace a un video, un canal de experimentos con cuatro millones de vistas, y un documento donde Mateo había transcrito el guion completo. Lo abrió al lado de las fotos de la lámina. Frases enteras, idénticas. La hipótesis madura, palabra por palabra. El mismo experimento, los mismos pasos, y hasta el chiste que Mateo hizo ante el jurado, el del agua de la pecera, estaba en el minuto cuatro del video.

Esa noche, mientras Mateo comía, se lo preguntó sin levantar la voz. Que le contara cómo se le había ocurrido el proyecto.

—Vi videos.

—¿Cuánto del proyecto es tuyo?

Mateo dejó la cuchara y se le quedó viendo, sin culpa y sin desafío, como quien espera el final de una pregunta obvia.

Lorena leyó las bases del concurso esa noche, dos veces. Decían "proyecto original" y no definían nada más. No decían nada de citar fuentes. Son niños de once años. También era cierto lo otro: Mateo construyó el filtro con sus manos, lo probó tres tardes con agua revuelta con tierra del macetero, anotó los tiempos en un cuaderno cuadriculado. Algo hizo. Y también era cierto que el cupo era uno solo.

El jueves siguiente, en el desayuno, Patricia le contó que Bruno ya estaba armando su proyecto del próximo año, desde julio, "para que esta vez nadie se lo gane". Lorena revolvió el café más tiempo del necesario.

Escribió un correo a la profesora Ruiz y lo dejó en borradores. Lo releyó dos noches seguidas sin tocarlo. Ensayó, manejando sola, la frase con la que se lo diría a Patricia, y ninguna versión sobrevivió al semáforo siguiente.

El sábado encontró a Mateo en la mesa del comedor con el filtro desarmado. Le había agregado una segunda botella y una tela de las camisetas viejas. Lorena buscó después en el video, minuto por minuto: eso no estaba. Era de él.

—Para que filtre más rápido —dijo Mateo, sin levantar la vista. Y después—: ¿Puedo invitar a Bruno mañana? Él mide mejor que yo los tiempos.

El domingo en la mañana llegó el mensaje de Patricia: "¿Vienen a almorzar? Bruno dice que lleven el filtro, quiere verlo con sus propios ojos".

Lorena respondió: "Ahí estaremos". Después abrió los borradores del correo, leyó una vez más el asunto —"Consulta sobre la feria de ciencias"— y dejó el dedo un rato sobre la pantalla, sin decidir todavía entre enviar y borrar.

—Todos sacan ideas de internet. Bruno también busca en internet.

¿Lorena debe enviar el correo a la profesora Ruiz?

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