Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 010 · 14 de agosto de 2026
amistadcompetenciapromesas

Se ofreció a corregirle el ensayo a su mejor amiga. A la tercera página entendió que, corregido, la beca era de Ana.

La beca se anunciaba cada año en el mismo corcho del segundo piso de la facultad, y cada año era una sola: matrícula completa para el posgrado, más un estipendio que alcanzaba para vivir sin trabajar. Ana y Julia la conocían desde segundo. "Esa va a ser mía", decía Julia. "Nuestra", corregía Ana, "un año vos y otro yo", y se reían porque faltaba mucho.

Ya no faltaba. Las dos tenían veintitrés, promedios parecidos y proyectos listos. El formulario pedía antecedentes, dos cartas y un ensayo de diez páginas donde el comité, todos lo sabían, decidía de verdad.

Escribir era lo de Julia. Había ganado un concurso de ensayo en el liceo, corregía por plata tesis ajenas, tenía ese oído para saber dónde una frase se caía. Lo de Ana era otra cosa: se le ocurrían preguntas que a nadie más se le ocurrían, y después peleaba con las palabras para estar a la altura de sus propias ideas. Por eso, meses atrás, en la pizzería de siempre, Julia se lo había ofrecido sin que Ana lo pidiera: "Cuando tengas el ensayo, me lo pasás. Yo te lo reviso como si fuera mío".

El archivo llegó un lunes de noche. "No me digas nada si es un desastre jaja", decía el mensaje. Julia lo abrió con el mate al lado, dispuesta a hacer lo de siempre: comas, transiciones, algún párrafo dado vuelta.

Julia hizo lo que hacía siempre: anotó. Cuando levantó la vista eran las dos de la mañana y tenía quince sugerencias numeradas en un documento aparte. Las leyó en orden. Las primeras siete eran limpieza: cualquier correctora decente las haría. Las siguientes cinco eran oficio: mover la pregunta central al primer párrafo, cortar la sección tres, cerrar con el hallazgo y no con la bibliografía. Las últimas tres eran otra cosa. Eran las que ella había aprendido en años de leer ensayos ganadores, las que pensaba usar en el suyo. Con las quince, el ensayo de Ana no era bueno: era el que gana.

Se acostó sin mandar nada. Al otro día, en la facultad, Ana la esperaba con bizcochos y cara de no haber dormido.

—¿Muy desastre?

—Tiene cosas —dijo Julia—. Dame unos días.

—Vos también tenés que terminar el tuyo, boluda. No le dediques más de una tarde.

Esa semana, Julia releyó su propio ensayo. Era sólido, elegante, correcto. Le aplicó sus quince reglas y mejoró. Pero la pregunta del de Ana seguía ahí, brillando en el documento de al lado, y cada vez que Julia la releía entendía mejor por qué el comité iba a elegirla.

Pensó en el año que Ana la sostuvo cuando ella no podía pagar el alquiler y Ana le "alquiló" el sillón por un precio que era una limosna disfrazada de trato, para que Julia no se sintiera ayudada. Pensó también en su propia madre preguntándole cada domingo cuándo iba a poder dejar de corregir tesis ajenas.

El viernes de noche abrió el documento de las quince sugerencias. El plazo vencía el lunes. Seleccionó las primeras siete y las pegó en un mail. Después seleccionó las cinco de oficio y las miró un rato largo, con el cursor esperando. En el celular, un mensaje nuevo de Ana: una foto del corcho del segundo piso, la convocatoria de la beca, y abajo: "¿Te acordás? Un año vos y otro yo. Ojalá sea una de las dos".

Julia dejó el celular contra el vaso, boca arriba, donde podía verlo.

Volvió al documento. Las tres últimas sugerencias seguían ahí.

A la tercera página dejó el mate. El proyecto de Ana era mejor que el suyo. No un poco mejor: tenía una pregunta central que hacía que el comité fuera a acordarse de él una semana después, algo que Julia sabía reconocer porque llevaba meses intentando fabricarlo para sí misma sin conseguirlo. El texto, eso sí, estaba lleno de costuras flojas. La idea grande aparecía recién en la página seis, escondida como si a Ana le diera vergüenza. La estructura tapaba lo mejor.

¿Julia debe enviarle las quince sugerencias?

Seguir leyendo033 · A los veintidós firmaron en una servilleta que el que ganara más pagaría un viaje si a los treinta y cinco seguían solteros. Él la puso sobre la mesa.hoy009 · Vaciando el taller de su padre muerto encontró veinte cartas de otra mujer. Su madre tiene setenta y cinco años y una paz que da envidia.sin votar008 · Su hermano lleva año y medio en diálisis. Él salió compatible, de los buenos. El médico le dijo que podía arrepentirse y nadie sabría el motivo.sin votar007 · La invitación decía «celebración solo para adultos» y ya se lo negaron a dos invitados. Después escribió la hermana del novio.sin votarVer el archivo completo →