Lucía volvió al taller de su padre un sábado, tres semanas después del entierro, con cajas vacías y un rollo de cinta de embalar. El taller olía a viruta y a aceite de máquina, como siempre. En Rosario hacía frío y el ventanal dejaba entrar una luz pareja, de invierno. Su hermana Marta llegó más tarde con termo y bizcochos, y se repartieron el trabajo sin discutirlo: Marta las herramientas, Lucía los cajones.
En el cajón más bajo del banco, debajo de un paquete de lijas sin abrir, había una lata de galletitas. Adentro, atadas con un elástico, unas veinte cartas. Letra redonda, tinta azul, firmadas con una sola inicial: V. La primera tenía fecha de marzo de 1993.
Ese año lo conocía toda la familia, era casi una leyenda doméstica: el año en que el taller se fundía, la casa estaba hipotecada, y el padre se fue dieciocho meses a Comodoro Rivadavia a trabajar en los galpones de una petrolera. Mandaba plata cada quincena. Volvió flaco, con regalos para todas, y la casa se salvó. La madre todavía lo contaba así: "Tu papá nos sacó adelante con el lomo."
Lucía leyó tres cartas paradas junto al banco, sin sacarse la campera. V. le escribía del turno de la fábrica de ella, de un perro que se les había cruzado, de una pieza que alquilaban por horas cerca del puerto. En una decía: "No me hables más de tus hijas, que me encariño y después no duermo." La última era de agosto del 94, un mes antes del regreso: "Volvé con ellas. Vos ya elegiste, y elegiste bien. No me escribas."
Marta leyó dos y las volvió a meter en la lata.
—Esto se quema —dijo—. Hoy mismo, en el tacho de atrás.
—Son de mamá también.
—Son de papá. Y papá está muerto.
La madre tenía setenta y cinco años, la presión controlada y una paz que a las hijas les daba un poco de envidia. Vivía a seis cuadras, regaba los malvones, iba al club los jueves. Hablaba del marido sin llorar, con una sonrisa administrada: cuarenta y nueve años de casados, un hombre que no fue cariñoso pero fue derecho. "Un santo aburrido", decía, y se reía.
—Cincuenta años creyendo una cosa —dijo Marta—. ¿Vos le vas a cambiar la película a los setenta y cinco?
—No es cambiarle la película. Es su matrimonio. Ella vivió ese año del otro lado, esperándolo. Tiene derecho a saber qué esperaba.
Marta era la que iba todos los días a lo de la madre, la que le llevaba los remedios y le programaba el celular. Lucía vivía en Buenos Aires, llamaba los domingos, y en la familia tenía fama de ser la que decía las cosas de frente. Ninguna de las dos mencionó nada de eso, pero estuvo en el aire toda la tarde, entre el ruido de las herramientas envueltas en papel de diario.
Al final Marta se fue con las cajas de la camioneta y la lata quedó donde estaba. Lucía la guardó en el bolso.
El domingo, antes de tomarse el micro, pasó por lo de la madre. Había sopa, mantel de hule, la foto del padre joven en el aparador, apoyado en una moto que nadie recordaba. La madre le sirvió y se sentó enfrente.
—¿Terminaron con el taller?
—Casi.
—¿Encontraron algo que valga la pena?
Lucía movió la sopa con la cuchara.
—Herramientas. Papeles viejos.
La madre asintió. Después miró la foto del aparador.
—¿Sabés qué me dijo tu papá cuando volvió del sur? Que yo no sabía todo lo que me quería. Así, con esas palabras raras de él. Yo le dije: mejor, algo tenés que guardarte.
Se rio despacito, para ella sola, y le acercó el pan.
Lucía apoyó la mano en el bolso, que estaba colgado en el respaldo de la silla.
—Má —dijo.
La madre levantó la vista.
—¿Derecho? ¿Y quién le preguntó si quería saber?
¿Lucía debe sacar la lata del bolso?