Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 019 · 17 de septiembre de 2026
amistadtrabajohonestidad

Metió a su amiga a la empresa poniendo la mano al fuego. Tres meses después, su jefe le pidió por escrito si recomienda contratarla.

Los viernes, Lorena y Paty comían en el mismo local de tortas desde hacía nueve años. Habían sido compañeras en su primer trabajo; después cada quien tomó su rumbo, pero los viernes no se tocaban. Paty llegaba antes, apartaba la mesa junto a la ventana y pedía por las dos sin preguntar.

En marzo, Paty llegó con una carpeta. Llevaba ocho meses sin trabajo desde que cerró la agencia donde facturaba. Ya había vendido la moto. Esa misma semana, en la empresa de Lorena —una comercializadora de refacciones— se abrió un puesto en atención a clientes.

—Yo te recomiendo —dijo Lorena—. Pero adentro te van a medir como a todos. Ahí ya no te puedo ayudar.

—No necesito que me ayudes. Necesito que me abran la puerta.

Lorena habló con Iván, su jefe. Iván revisaba hasta las comas de los correos, pero al que cumplía lo defendía hasta arriba, y cada quincena ponía de su bolsa para el pastel de los cumpleaños. Le preguntó dos veces si la conocía bien. Lorena contestó que hacía nueve años.

Paty entró con contrato de prueba por tres meses.

El primer mes fue bueno. Se aprendió los nombres de todos, incluidos los de la bodega, que nadie se aprendía. Un cliente que llevaba semanas contestando con mayúsculas terminó pidiendo que ella le llevara la cuenta. Iván lo mencionó en la junta del lunes.

Los errores empezaron en el segundo mes. Un pedido capturado con la fecha equivocada, que se resolvió con una disculpa. Después, una cotización con los precios del catálogo anterior. Esa la detectó Lorena a tiempo: la corrigió desde su propia computadora y no dijo nada. La segunda vez que lo hizo, se quedó un rato mirando la pantalla antes de dar clic en enviar.

A la tercera no llegó a tiempo. Un cliente de Guadalajara recibió una factura con los montos cruzados y la devolvió con copia a dirección. Iván lo arregló con un descuento. Al salir de la junta le dijo a Lorena, sin detenerse:

En la cocineta, Berenice, la de crédito y cobranza, comentó sin dirigirse a nadie que a ella nadie le había perdonado nada en su periodo de prueba. Luego lavó su taza y salió. Nadie contestó, pero nadie la contradijo.

Ese viernes, Paty pagó las tortas. Contó que ya había dado el depósito de un departamento a diez minutos de la oficina, que por fin dormía de corrido, que su mamá había vuelto a preguntarle por el trabajo sin aquel tonito. No dijo gracias. Dijo que llevaba tres domingos sin hacer cuentas en la mesa de la cocina.

El lunes, recursos humanos mandó el formato de fin de periodo de prueba. Iván se lo reenvió a Lorena con una sola línea: «Tú la conoces mejor que nadie. Sé honesta. De esto depende la renovación.»

El formato tenía cinco preguntas. Las primeras cuatro eran de opción múltiple. La última decía: «¿Recomendaría usted la contratación definitiva? Justifique.»

Lorena lo abrió el martes en la mañana. Escribió que Paty era la mejor con los clientes difíciles. Lo borró. Escribió que había cometido errores de captura en el segundo mes. Lo borró también. Abrió el historial de la cotización que ella misma había corregido y lo estuvo mirando un rato, con la puerta de su oficina cerrada.

En la tarde, Iván pasó junto a su escritorio y tocó dos veces la cubierta con los nudillos, sin decir nada.

El plazo vencía el miércoles a mediodía. A las once y media, el formato seguía abierto en la última pregunta, el cursor parpadeando. En el teléfono, arriba a la derecha, se encendió una notificación. Era Paty.

«¿Viernes normal?»

—Es tu amiga, ¿verdad?

¿Lorena debe recomendar la contratación definitiva de Paty?

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