La boda de Carla y Renzo fue en un local de Barranco con vista a ningún lado, pero con buena luz. Marta llegó temprano porque le tocaba firmar de testigo, y mientras esperaba se paseó junto a la mesa de regalos, que ya tenía ese aspecto de aduana: cajas plateadas, sobres, una licuadora sin envolver con su moño directo en la caja.
La vio de inmediato. Una caja de cartón kraft con un sello estampado en tinta azul: el sello del taller de la ceramista de Chorrillos. Marta conocía esa caja porque la había cargado en taxi, dos años atrás, cruzando media Lima, para la boda de Pía.
Aquella vez había ido tres sábados al taller. Eligió pieza por pieza: ocho platos bajos, ocho hondos, las tazas desparejas a propósito, y la fuente grande esmaltada en azul, que la ceramista no quería vender porque era la muestra. Costó lo que Marta nunca confesó, ni siquiera cuando su hermana le preguntó directo. La noche antes de la boda, envolviéndola, descubrió un despostillado mínimo en una esquina de la fuente. La ceramista le ofreció cambiarla en un mes. Marta decidió que nadie iba a notarlo, que la fuente era esa y no otra, y la entregó así. Nunca se lo dijo a Pía.
En la tarjeta que colgaba de la caja kraft, con plumón fino, decía: "Para Carla y Renzo, que su mesa esté siempre llena. Los quiere, Pía."
Marta miró hacia el patio, donde los mozos acomodaban copas. Levantó la esquina de la tapa, apenas, lo suficiente. Papel de seda, el borde de un plato bajo, y al fondo, acostada, la fuente azul. La esquina despostillada le quedó mirando de frente. Volvió a cerrar la caja y se alisó el vestido.
El año de Pía lo sabía todo el grupo, aunque Pía lo contara siempre en versión cómica. La clínica donde trabajaba cerró en marzo y le quedaron debiendo dos sueldos. Vendió el auto en junio, "porque manejar en Lima es de valientes". Dejó el gimnasio, dejó el teatro, no dejó de aparecer con algo cada vez que alguien cumplía años, aunque fuera un alfajor con una vela. Para esta boda, Marta sabía que Pía había dudado hasta de la peluquería.
También era cierto que Marta había cenado dos veces en casa de Pía en esos dos años, y las dos veces comieron en los platos blancos de siempre. Una vez preguntó por la vajilla. Pía dijo que la tenía guardada, que era demasiado linda para el diario. Sonó a elogio. Ahora, junto a la mesa de regalos, a Marta le sonaba a otra cosa, y enseguida se corrigió sola: la vajilla la eligió ella, sábado por sábado, a su gusto. Nunca supo si era el gusto de Pía.
Escribió un mensaje: "Vi la caja del taller en la mesa de regalos". Lo midió un rato con el pulgar encima del botón. Lo borró letra por letra.
Pía apareció entre la gente con dos copas, el pelo recogido de peluquería, riéndose de algo que traía a medio contar: que casi llega tarde, que el taxi, que la vida. Le estiró una copa a Marta.
—¿Viste qué linda la mesa de regalos? —dijo—. Yo casi no llego con el mío. Fue una odisea.
Marta recibió la copa. Por encima del hombro de Pía se veía la mesa, y en la mesa la caja kraft, con su moño sencillo, esperando a que alguien la abriera.
—Salud —dijo Pía.
Marta levantó la copa.
La ceremonia estuvo bien. Marta firmó donde le indicaron y le tembló un poco el pulso, cosa que atribuyó al pisco de bienvenida. En el cóctel buscó a Carla con la mirada y pensó qué pasaría en un año, cuando fuera a cenar donde Carla y la fuente azul saliera con causa rellena, y ella tuviera que elogiarla como quien la ve por primera vez. Pensó también en decírselo a Pía, de frente, riéndose, para quitarle el peso. Ensayó la frase y todas las versiones le sonaron a factura.
¿Marta debe decirle a Pía que vio la caja?