*Caso real · Mesa, Arizona, 2001–2011*
El sábado 15 de septiembre de 2001, por la tarde, Balbir Singh Sodhi estaba plantando flores afuera de su gasolinera.
Cuatro días antes, dos aviones habían derribado las Torres Gemelas. Balbir quería que el frente de su negocio también recordara a los muertos. Esa mañana, en una tienda, había vaciado su cartera en un frasco de donaciones para las víctimas.
Llevaba barba y turbante, como manda la fe sij. Había salido de Punjab, India, a finales de los ochenta; atendió un mostrador, manejó un taxi en San Francisco, ahorró durante años con sus hermanos hasta comprar la estación de Mesa, Arizona. Algunos niños del barrio lo conocían porque les fiaba los dulces cuando no les alcanzaba.
A las 2:40 de la tarde se acercó una camioneta.
Frank Roque no lo conocía. No sabía su nombre, ni su país, ni su religión. El 11 de septiembre había llorado frente al televisor y le había dicho a un compañero de trabajo que quería dispararles a «los árabes». La mañana del 15 bebió en un bar, subió a su camioneta y salió a recorrer la ciudad.
Vio la barba. Vio el turbante. Disparó cinco veces sin bajarse. Balbir murió junto a las flores, afuera del negocio comprado con sus ahorros.
Roque siguió manejando. Disparó contra otra gasolinera, atendida por un empleado de origen libanés, y contra la casa donde él mismo había vivido, ocupada ahora por una familia afgana. Nadie más resultó herido. Cuando lo detuvieron esa noche, gritó que era estadounidense y patriota, y preguntó a los agentes cómo lo arrestaban a él mientras los terroristas andaban sueltos.
Un jurado lo condenó a muerte. Años después, la Suprema Corte de Arizona sostuvo la condena pero conmutó la pena: los peritajes sobre su estado mental pesaron lo suficiente para dejarlo en prisión de por vida, sin salida.
Años más tarde, Arizona construyó su memorial estatal del 11 de septiembre: un anillo de acero donde cada inscripción recuerda un momento de ese día y de sus consecuencias. Entre las frases grabadas quedó una para Balbir Singh Sodhi.
En 2011, casi al cumplirse diez años, el legislador estatal John Kavanagh propuso retirar la inscripción. Su argumento no llevaba insultos y cabía en una línea: Balbir no murió el 11 de septiembre ni en los ataques; murió cuatro días después, a tres mil kilómetros, y un memorial de las víctimas de ese día debía nombrar a las víctimas de ese día. Un crimen de odio, decía, merece su propia memoria, en su propio lugar. La legislatura estuvo de acuerdo y aprobó el proyecto.
Del otro lado respondieron la familia, la comunidad sij y quienes habían grabado la frase: Balbir estaba muerto precisamente por el 11 de septiembre. Sin los aviones, nadie recorre Mesa buscando turbantes. Si el memorial contaba lo que ese día le hizo al país, borrarlo era contar la historia a medias — y borrar, además, al primer muerto de la parte de la historia que a nadie le gusta recordar.
El proyecto aprobado salió de la legislatura y viajó al escritorio de la gobernadora, Jan Brewer. Firmarlo borraba el nombre. Vetarlo lo dejaba en el acero.
Sobre su escritorio, el papel decía lo que los papeles dicen: nada que no estuviera ya en la línea de una ley. La decisión era otra cosa.
La familia Sodhi todavía estaba reorganizándose cuando llegó otra llamada. Menos de un año después del asesinato, Sukhpal Singh Sodhi —hermano menor de Balbir— manejaba su taxi en San Francisco cuando una bala perdida de un tiroteo ajeno atravesó el vehículo. Murió al volante. Uno de los hermanos fue elegido por su turbante. El otro, por nada. En doce meses, la familia perdió a dos, en dos ciudades distintas del país al que había emigrado.
¿Debe la gobernadora firmar la ley y borrar el nombre del acero?