La despedida de soltero de Julián terminó en el mismo bar de la 85 donde Sofía celebraba el cumpleaños de una prima. Pura casualidad: Bogotá es grande hasta que deja de serlo. Sofía los vio entrar como a la una, diez hombres con coronas de cartón, y le mandó una foto a Valentina, su mejor amiga, la novia: "Te lo estoy cuidando." Valentina contestó con lágrimas de risa desde su propia despedida, en una finca de La Calera.
A las dos y algo, Sofía fue al fondo del bar buscando el baño. En el pasillo, contra la pared, Julián se estaba besando con una mujer de vestido verde. No era un roce ni una confusión de borrachos: él la tenía tomada de la cintura. Sofía se quedó quieta un segundo de más y Julián abrió los ojos y la vio.
Ella volvió a su mesa, pagó su parte y se fue.
Julián la llamó al día siguiente a las nueve de la mañana. Voz de trasnocho.
—Déjame explicarte.
—No me tienes que explicar nada a mí.
—Fue eso que viste. Nada más. No sé ni cómo se llama. Estaba muy borracho, Sofía, no me había pasado nunca, te lo juro por mi mamá.
Sofía no dijo nada.
—Yo se lo voy a contar —siguió él—. Pero déjame hacerlo yo. Después de la boda, cuando pase todo esto, con calma. Si se lo digo ahora, con las familias viajando y todo pagado, no va a poder ni pensar. Va a decidir con una pistola en la cabeza. Eso no es justo para ella tampoco.
—¿Y casarse sin saber sí es justo?
—Ocho días, Sofía. Te lo estoy pidiendo de rodillas.
La boda era en ocho días, en una finca de Villa de Leyva. Ciento veinte invitados. La abuela de Valentina viajaba desde Barranquilla con oxígeno portátil. Los tíos de Julián venían de España, ya con las maletas hechas. Valentina llevaba un año pagando la fiesta en cuotas, peleando con el catering, cosiendo ella misma los recordatorios porque el presupuesto no dio para más.
Aunque también fue Valentina la que, dos años atrás, le pidió a Sofía que le dijera a todo el mundo que el anillo era de una joyería, porque le daba pena confesar que era heredado y ajustado.
El miércoles fue la última prueba del vestido. Sofía sostenía los alfileres mientras la costurera marcaba el ruedo. Valentina hablaba sin parar: que la abuela, que el mariachi que era sorpresa para Julián, que si llovía había plan B pero mejor que no lloviera.
—Julián anda rarísimo esta semana —dijo de pronto, mirándose al espejo—. Casi ni duerme. ¿Será que se quiere arrepentir?
Se rio. La costurera se rio. Sofía sonrió con los alfileres en la mano.
Esa noche Julián le escribió: "¿Sigo contando contigo?" Sofía dejó el mensaje en visto. Él escribió otra vez: "Yo se lo voy a decir. Te di mi palabra. Pero después. Por favor."
El jueves, Valentina le mandó un audio de tres minutos. Que si podía llegar temprano el sábado para ayudarla a vestirse. Que su papá iba a llorar desde el desayuno. Que gracias por existir. Y al final, entre risas: "Ah, y el padre nos hace repetir los votos el viernes en el ensayo, así que te toca oírme decir 'en las buenas y en las malas' dos veces."
Sofía oyó el audio completo, sentada en el borde de su cama, con el dedo sobre la pantalla.
Empezó a grabar la respuesta.
Sofía y Valentina se conocían desde el colegio. Cuando a Sofía la dejó el novio con el que vivía, Valentina le prestó su cama quince días y no le preguntó nada hasta que ella quiso hablar. Valentina tenía además una frase que repetía desde siempre, medio en broma: "A mí que no me mientan. Prefiero una verdad horrible."
¿Debe Sofía decírselo en ese audio?