El primer día, a Marisol le dieron un gafete con su nombre mal escrito y una taza con el logo de la agencia. No le importó. Se tomó una foto en el elevador y se la mandó a su mamá. Veintidós años, primer trabajo formal, prestaciones de ley, un escritorio junto a la ventana. Paula, que llevaba tres años ahí y la había recomendado, la esperaba abajo para comer.
La agencia llevaba las campañas de dos marcas grandes y de una docena de clientes chicos que pedían todo para ayer. A la semana, Sergio, el director de cuentas, le pidió a Marisol quedarse por la tarde "para que fuera agarrando el sistema". El sistema era un programa viejo donde se cargaban los reportes, y también era todo lo demás: cómo hablarle a cada cliente, qué carpetas no tocar, quién aprobaba qué. Sergio se quedaba con ella. Le explicaba con paciencia, le compartía plantillas suyas de hace años, una noche pidió tacos para los que seguían ahí y no dejó que nadie pagara.
Marisol empezó a apuntar las horas en una nota del celular, al principio por curiosidad. Salida 8:40. Salida 9:15. Un sábado medio día, por una presentación que al final se pospuso. Cuando llegó su segunda quincena, igual de exacta que la primera, hizo la suma: entre tardes y ese sábado, ya había trabajado el equivalente a dos quincenas que nadie le iba a pagar.
Se lo contó a Paula en la comida, con el tono de quien comenta el clima.
—Todos pasamos por eso —dijo Paula—. Yo me quedé un año entero así y por eso tengo la base que tengo. Sergio se fija en quién le echa ganas. No la riegues ahorita.
Paula se iba todos los días a las seis en punto. Tenía su plaza, sus clientes, su lugar ganado. También era la que le había conseguido la entrevista a Marisol saltándose a recursos humanos, la que respondió por ella cuando preguntaron si tenía experiencia. "Es mi amiga, yo la conozco", había dicho. En la agencia, Marisol era, antes que nada, la recomendada de Paula.
En la nota del celular, Marisol empezó a escribir otra cosa: un correo. Lo redactó tres veces. En la primera versión pedía que le pagaran las horas. En la segunda pedía que las tardes contaran como capacitación oficial. En la tercera nada más preguntaba, con muchas gracias por adelantado, si existía alguna política al respecto. No mandó ninguna.
Un jueves, Sergio la mencionó en la junta general: dijo que el reporte de la marca de yogurt lo había levantado "la nueva", y la señaló con la taza. Hubo un aplauso corto. Paula le mandó un mensaje desde la otra punta de la sala: "¿Ves?". Esa misma tarde, Sergio pasó por su lugar a las seis y cuarto.
—¿Te quedas tantito? El cliente adelantó la entrega.
Marisol dijo que sí. A las nueve, mientras esperaba el camión, calculó cuánto le había costado el taxi de la semana, porque a esa hora ya no le gustaba irse en camión, aunque igual se iba.
El viernes, en recursos humanos, una señora amable le entregó su constancia laboral para el trámite de su tarjeta y le preguntó, de rutina, si todo iba bien en su área. Marisol tenía la nota del celular abierta en la mano: cuarenta y seis horas. Tenía también el mensaje de Paula sin responder, el de "¿ves?", y otro más nuevo: "Sergio me preguntó cómo te sientes. Le dije que feliz".
—¿Todo bien? —repitió la señora, con la pluma lista sobre un formato donde había una casilla que decía sí y otra que decía observaciones.
Afuera, en el pasillo, se oía a Sergio pedirle a alguien que no se fuera todavía, que era rapidísimo, que él también se quedaba, como siempre. Paula pasó rumbo al elevador con su bolsa al hombro, la saludó de lejos con la mano y le señaló su reloj, sonriendo.
Marisol miró el formato.
—Aquí se aprende de verdad —le dijo Paula—. Aguanta el primer año y después todo cambia.
¿Debe Marisol escribir las cuarenta y seis horas en la casilla de observaciones?