Los sábados Andrés corre por la rambla de Montevideo, desde el Parque Rodó hasta el puertito del Buceo, ida y vuelta. Corre desde los veinte años, sin cronómetro serio, con una campera vieja que Lucía amenaza con tirar. Los sábados también son día de diálisis de su hermano Federico: martes, jueves y sábados, cuatro horas por sesión, desde hace un año y medio, en una clínica que queda justo sobre la rambla.
A Federico los riñones se le fueron apagando sin dolor, casi con discreción. Tiene cuarenta años y un puesto de contador que ya redujo a medio horario. Dejó de manejar de noche. Se duerme en los almuerzos familiares y los sobrinos le miran de reojo el brazo de la fístula. Cuando le explicaron lo de la lista de espera, le dijeron que el promedio se mide en años.
La familia se hizo los estudios de compatibilidad casi en fila. Elba, la madre, se ofreció primera: descartada por la presión y por la edad, preguntó dos veces más, por si bajaba de peso, por si había excepciones. Una prima, descartada. Andrés, treinta y cinco años, dos hijos chicos, salió compatible. De los buenos, dijo el médico. De los que no aparecen todos los días.
El médico habló con Andrés a solas. Cirugía mayor, riesgos bajos pero no cero, recuperación de semanas, vida normal después con un solo riñón; correr, incluso. Y una cosa más, dijo, antes de darle el formulario de evaluación: podía arrepentirse en cualquier momento, hasta el final, y nadie sabría el motivo; el equipo diría simplemente que no resultó apto. Andrés dobló el papel y lo guardó.
Lucía se enteró esa noche, mientras los nenes se dormían.
—Es una operación grande. Trabajás por tu cuenta: un mes parado, ¿con qué pagamos? Tenés dos hijos que se te trepan a los hombros. Y a mí nadie me preguntó nada.
—No es contra Federico —agregó después, más bajo—. Vos me entendés.
Los jueves, igual, Lucía pasa a buscar a Federico por la clínica y le deja tuppers para dos días. Nunca falta.
Elba no preguntó: anunció. En el cumpleaños de la tía Marta dijo que antes de fin de año Federico iba a estar trasplantado, y pidió que fueran pensando quién lo acompañaba las primeras semanas. Andrés se enteró por el grupo de la familia, entre felicitaciones y aplausos de mano amarilla. No contestó nada. Esa noche durmió mal y al otro día le llevó a la madre el remedio de la presión, como todos los meses.
Federico jamás le pidió nada. Cuando salió lo de la compatibilidad, dijo "la lista se mueve" y cambió de tema para preguntar por los nenes, en ese orden, siempre. En el teléfono guarda las fotos de todas las llegadas de las carreras de Andrés, desde la primera, en la que salen los dos flacos y despeinados.
En la clínica, un compañero de sillón de Federico recibió el llamado de la lista después de cuatro años. Volvió a los quince días a repartir bizcochos, con un color de cara que nadie le conocía.
—Cuatro años —repitió Lucía esa noche, como quien encuentra un dato a favor.
—Cuatro años —repitió Elba al día siguiente, como quien encuentra lo contrario.
El sábado Andrés salió a correr más temprano que de costumbre. A las siete, las luces de la clínica ya estaban prendidas. Por la ventana se veía la hilera de sillones y las máquinas trabajando; Federico dormía reclinado frente a una tele sin volumen. Andrés se detuvo, respirando fuerte, y golpeó el vidrio con dos dedos. Federico abrió los ojos y levantó la mano del brazo libre. Andrés levantó la suya. Adentro faltaban tres horas. Afuera quedaban diez kilómetros.
El formulario de evaluación lleva tres semanas doblado en el bolsillo de la campera de correr. Se humedece con el sudor, se seca, y Andrés lo vuelve a doblar por los mismos pliegues. No ha dicho que sí. No ha dicho que no. En la casa ya nadie pronuncia la palabra riñón; hablan del tema diciendo "eso".
¿Andrés debe firmar el formulario de evaluación?