El archivo se llamaba BODA_FINAL_v9 y tenía pestañas de colores: presupuesto, mesas, canciones prohibidas. Antonia y Diego lo abrían los domingos por la noche, en el departamento de Ñuñoa, con la calculadora del teléfono a mano. Llevaban dos años ahorrando: dos años sin vacaciones, con un auto que sonaba a maraca y una regla de oro sobre no pedirle plata a nadie.
La invitación salió con seis meses de anticipación, y abajo, en cursiva, la frase que habían discutido una semana entera antes de atreverse: "Celebración solo para adultos." La decisión venía de la boda del primo Max, donde un niño gritó "¡ya me quiero ir!" en mitad de los votos, y del acuerdo de que su fiesta iba a ser tranquila, de conversación larga y pista de baile sin rodillas a la altura del vaso.
Cuando salió la invitación, Fernanda, la hermana de Diego, embarazada de siete meses, fue la primera en festejar la idea en el grupo familiar: "Qué descanso, una fiesta de adultos." Puso tres aplausos.
Las excepciones llegaron igual. La prima Coni pidió por sus mellizos; le dijeron que no, con cariño y por audio, y Coni contrató niñera compartida con la prima Sol. El amigo Nacho preguntó por su hija de dos años; le dijeron que no, y Nacho respondió con un pulgar arriba que nadie del grupo supo interpretar, y avisó después que no iba. Antonia contestó los tres mensajes personalmente, con la misma frase amable, para que nadie pudiera comparar versiones.
Emilia nació en marzo. Cuatro meses ahora, los cachetes de la familia de Diego, y una convicción: no aceptaba mamadera. Probaron tres marcas, dos formas de tetina, la técnica del vasito que recomendó la matrona. Cristóbal, el papá, intentó una semana entera dándosela él, con Fernanda escondida en el dormitorio para que la bebé no la oliera. Nada. Emilia comía de Fernanda o no comía, y avisaba con un poder pulmonar que los vecinos ya conocían.
Antonia había sido la primera visita en la clínica cuando nació Emilia. Le llevó el fular de regalo, elegido con dos tutoriales. Le mandaba memes de bebés a Fernanda casi todos los martes.
El mensaje llegó un miércoles, largo, sin puntos aparte: que ella no quería líos, que llegaba a la ceremonia con Emilia dormida en el fular, que se sentaba al fondo, que si lloraba salía caminando antes de que nadie girara la cabeza, que se retiraba antes de la fiesta, que era su único hermano casándose una vez en la vida. Y al final: "Ni se va a notar, te prometo."
Diego leyó el mensaje dos veces y le pasó el teléfono a Antonia sin comentario. Antonia lo leyó y pensó en Coni, que había preguntado hacía poco, como quien no quiere la cosa, si la regla seguía firme "para todos". Pensó en la niñera compartida que las primas ya habían pagado por adelantado. Pensó en Nacho y su pulgar.
También pensó, porque el archivo de mesas estaba abierto, en la fila de la familia del novio: los papás de Diego, y después nadie. Fernanda era la única hermana. El fotógrafo había mandado el cronograma esa semana: 18:40, retratos de familia, quince minutos. La mamá de Diego no dijo nada en el grupo, pero subió, sin comentario, una foto vieja de Diego y Fernanda de chicos, disfrazados con la misma sábana.
—Es distinto, es una guagua de pecho —dijo Diego el jueves, lavando la olla—. No es lo mismo que los mellizos de la Coni.
—Es mi hermana.
—Y la Coni es tu prima, y pagó niñera.
La coordinadora del local necesitaba el número final de invitados el viernes a mediodía. El mensaje de Fernanda seguía sin respuesta desde el miércoles; abajo, la promesa esperaba en la pantalla cada vez que Diego abría el chat.
El jueves por la noche, Antonia lo encontró frente al plano de mesas, moviendo una tarjeta con el nombre de Fernanda de un lado a otro.
—¿Le respondiste? —preguntó.
—Todavía no.
—Eso mismo van a decir todos de lo suyo —dijo Antonia—. Todos tienen un caso distinto. Para eso pusimos la frase.
¿Deben decirle sí a Fernanda antes del viernes a mediodía?