Valeria encontró el departamento de la calle Argentina un martes de lluvia, cuando Iker y Daniela ya se habían rendido. Tres recámaras, luz de la buena, a veinte minutos de todo. Fue ella la que convenció al casero de bajar mil pesos a la renta, ella la que pintó la sala de un verde que al principio nadie quiso y que después todos presumían, ella la que armó los muebles de la cocina con un desarmador prestado. Firmaron contrato por un año, un viernes, y lo celebraron con pizza en el piso porque todavía no había mesa.
El grupo de WhatsApp se llamaba "Argentina 314". Ahí se avisaba quién compraba el garrafón, quién había dejado trastes, a quién le tocaba pagar el gas. Funcionaba. Hasta los papás de Daniela, de visita, dijeron que parecía departamento de gente grande.
A los siete meses, a Valeria le escribieron de una empresa de Querétaro. El puesto que llevaba dos años pidiendo en todas las entrevistas: mejor sueldo, contrato indefinido, un jefe que le habló de crecimiento sin sonrisa de vendedor. Le daban dos semanas para presentarse.
Lo contó una noche, con tamales que compró ella. Iker la abrazó primero. Daniela dijo que iban a extrañar sus playlists de limpieza.
Valeria pagó su renta completa hasta el último día que durmió ahí. Dejó el cuarto impecable, publicó el anuncio en tres grupos, contestó mensajes de desconocidos desde Querétaro, coordinó visitas a distancia con fotos que les pidió a los otros dos. El cuarto tardó dos meses en ocuparse; el chico que llegó, un ingeniero callado, pidió además que cambiaran la chapa.
El casero fue claro y hasta amable: el contrato era de los tres, por un año. Los meses que el cuarto estuvo vacío los descontó del depósito, completos, como decía la cláusula cuarta que todos firmaron sin leer. Del depósito quedó menos de la mitad.
Iker hizo la cuenta en una servilleta, un domingo: si el descuento se repartía entre tres, él y Daniela perdían dinero por un cuarto en el que nunca durmieron, por una decisión que no tomaron.
—Nosotros no nos fuimos —escribió Daniela en el grupo, con el tono más neutro que pudo—. No veo por qué nos toca pagar tu parte.
Valeria contestó desde Querétaro, un miércoles a las once de la noche. Ella había pagado puntual hasta el día que vivió ahí. Ella consiguió el departamento cuando nadie encontraba nada, ella bajó la renta, ella pintó, ella consiguió al reemplazo mientras empezaba de cero en una ciudad donde no conocía a nadie. Si el depósito era de los tres, escribió, el descuento también.
—El contrato era por un año —escribió Iker—. Eso también era de los tres.
Daniela mandó una captura de la cláusula cuarta. Valeria mandó capturas de las transferencias de la pintura, del flete, del depósito inicial que ella adelantó completo porque a Iker no le había caído la quincena. "Eso nunca te lo cobré", escribió, y lo borró casi enseguida, pero los dos alcanzaron a verlo.
Pasó una semana. En "Argentina 314" solo se habló del garrafón.
Iker, que no le contestaba los mensajes a Valeria, le dio like a la foto de su nueva oficina. Daniela, que seguía diciendo que el verde de la sala era lo mejor del departamento, empezó a cotizar cuánto costaría pintarla de blanco. Valeria, que juraba que el tema era de principios y no de dinero, hizo la cuenta de cuánto le tocaría perder y le salió, casi exacto, lo que costaba el curso de manejo que llevaba meses posponiendo.
El sábado, el casero avisó que devolvería el resto del depósito esa misma tarde, en una sola transferencia, a una sola cuenta: que ellos se arreglaran entre ellos. Preguntó, con la paciencia de quien ha visto esto muchas veces, a nombre de quién la hacía.
Iker escribió en el grupo: "¿Entonces?".
Valeria estaba en línea. Escribiendo, decía el letrero. Luego dejó de decirlo.
—El contrato no decía que me tenía que quedar si me cambiaba la vida —escribió Valeria.
¿Le toca a Valeria absorber sola el descuento del depósito?