Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 017 · 21 de agosto de 2026
amistaddineroorgullo

Compró seis boletos con su tarjeta, como siempre. El único que no pagó acaba de quedarse sin trabajo, y la reventa los ofrece al doble.

Los boletos salieron a preventa un miércoles a las once de la mañana, hora en que todos trabajaban menos Diego, que había pedido permiso para ir al dentista. Desde la sala de espera, con el teléfono al dos por ciento, compró seis: fila general, zona B, el concierto del que llevaban hablando desde marzo. Puso su tarjeta de crédito, como siempre. "Luego me pagan", escribió en el grupo, como siempre. Era la tradición desde la prepa: Diego compraba, los demás transferían cuando podían, y al final las cuentas siempre cerraban.

Esta vez cerraron a medias. Karla transfirió esa misma tarde con tres signos de exclamación. Fer y Pablo pagaron esa semana. Rodrigo se tardó un mes pero pagó con intereses voluntarios: una six de cerveza. Faltaba Beto.

Beto había perdido el trabajo hacía un mes. La startup donde llevaba un año cerró de un día para otro; les avisaron por videollamada y les pagaron la mitad de lo que debían. Beto lo contó en el grupo con un meme, porque Beto todo lo contaba con memes, y luego dejó de contar cosas. Seguía los mensajes, aparecía el visto, a veces un like. Del boleto no decía nada. Ni que sí, ni que no, ni dame chance.

El concierto era el sábado. El lunes, los boletos se agotaron oficialmente y la reventa los ofrecía al doble. El martes, Fer escribió en un grupo aparte, sin Beto:

"Alguien tiene que decirle. Si no va a ir, que Diego revenda y hasta sale ganando".

"No es por la lana", escribió Diego, aunque llevaba tres cortes de tarjeta pagando el mínimo.

"Revenderle el boleto a tu amigo sin trabajo", escribió Pablo. "Qué bonito grupo".

"A lo mejor sí quiere ir y le da pena decir que no puede pagar", escribió Karla. "Si le preguntas, lo obligas a decirlo".

El miércoles en la noche, Beto subió fotos de una carne asada. Se veía el patio de su casa, su papá con las pinzas, un primo, arrachera de la buena. Beto salía riéndose, con un plato desechable doblado por el peso. Fer mandó captura al grupo chico con un solo comentario: "Para arrachera sí hay".

"Es en su casa, genio", escribió Pablo. "Ahí no paga nadie. A lo mejor por eso está ahí".

"O a lo mejor su papá lo invitó porque lo ve mal", escribió Karla.

Diego no escribió nada. Se quedó viendo las fotos más rato del necesario. En la tercera encontró lo que estaba buscando sin saberlo: Beto traía puesta la playera de la gira de 2019, la del primer concierto de todos juntos, la que hacía años le quedaba grande y ahora le quedaba justa. Nadie se pone esa playera para una carne asada cualquiera, pensó Diego, aunque también pensó que él a veces se la ponía para dormir.

El jueves, Rodrigo consiguió un comprador serio: un compañero del trabajo ofrecía el doble en efectivo, esa misma noche. "Tú dices", le escribió a Diego. "Pero es hoy o nada".

Diego abrió el chat de Beto. Estuvo un rato viendo el historial: el último mensaje de Beto era de hacía tres semanas, un meme de un perro con lentes. Escribió "¿cómo vas?", y lo borró. Escribió "oye, del sábado...", y lo borró. Escribió "no te preocupes por el boleto, luego vemos", y también lo borró, porque no sabía si eso era un regalo o una despedida.

En el grupo grande, el de los seis, Karla mandó la ubicación del estadio y la hora en que abrían puertas, como si nada estuviera pendiente. Fer mandó tres emojis de fuego. Pablo preguntó quién llevaba coche.

Beto apareció en línea. Escribiendo, decía el letrero, por primera vez en semanas. Diego se quedó mirando la pantalla con el teléfono en una mano y, en la otra, el mensaje de Rodrigo esperando respuesta: "¿Entonces qué? ¿Se lo aparto o no?".

"Nadie se lo está revendiendo A ÉL", escribió Fer. "Es no perder lo que ya se perdió".

¿Diego debe venderle el boleto de Beto al comprador esta noche?

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