Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 022 · 26 de agosto de 2026
navidadsuegraspareja

Avisaron a las dos familias que pasarían la Nochebuena solos. Las dos contestaron «está bien». A las diez y media llegó el audio de su mamá.

Se casaron en febrero, en una boda de cuarenta personas donde las dos familias se mezclaron mejor de lo que nadie esperaba. Sara tiene veinticuatro años; Diego, veintiséis. Viven en Mérida, en un departamento con un solo sillón y una mesa que era de la abuela de Diego.

La familia de Diego cena el 24 en la ciudad, en casa de su mamá, doña Lucía: pavo, ensalada de manzana, un intercambio de regalos con reglas que nadie respeta. La familia de Sara cena el 24 en el pueblo, a tres horas de carretera: la casa de su mamá, Rosa María, se llena de primos, la cena empieza tarde y termina tardísimo.

El año pasado, todavía de novios, intentaron hacer las dos cosas. Comieron temprano en el pueblo, pidiendo disculpas por levantarse de la mesa a las ocho, y llegaron a Mérida a las once y media, cuando ya se habían dado los abrazos. Discutieron en la carretera desde el kilómetro cuarenta. Sara lloró. Diego dijo que la Navidad era el peor invento de la humanidad. Entraron a la cena sin hablarse y fingieron durante dos horas.

Este año lo decidieron una noche cualquiera de noviembre, lavando los trastes.

—¿Y si no vamos a ninguna? —dijo Sara, y se asustó de haberlo dicho en voz alta.

Lo pensaron dos semanas. Hicieron cuentas de gasolina y de culpa. El primero de diciembre, Diego redactó el mensaje y lo leyeron juntos cuatro veces antes de mandarlo, idéntico, a los dos chats familiares: que este año pasarían el 24 solos, los dos, en su departamento; que el 25 irían temprano al pueblo y en la noche a casa de doña Lucía; que los querían mucho.

En el chat de la familia de Diego, doña Lucía respondió a los once minutos: "Está bien". En el chat de la familia de Sara, Rosa María respondió a la mañana siguiente: "Está bien". Ningún otro familiar escribió nada en ninguno de los dos chats, lo cual, en familias de ese tamaño, era un fenómeno meteorológico.

Después Sara supo, por su hermana, que su mamá había comprado desde noviembre el bacalao —el bueno, el noruego, el que cuesta— porque es el platillo favorito de Diego, y que ya lo tenía desalando cuando llegó el mensaje. Rosa María no lo mencionó nunca. Cuando Sara la llamó el domingo, hablaron del clima y de una vecina, y su mamá solo preguntó si Diego seguía comiendo tan poco.

Doña Lucía, por su parte, le mandó a Diego la foto de un arbolito de mesa: "Vi este y me acordé de ustedes. ¿Tienen ya?". Diego contestó que no. El arbolito llegó el sábado con su hermano, sin tarjeta y sin comentarios.

El 24 en la tarde, el departamento olía a la lasaña que les sale más o menos. Pusieron el arbolito en la mesa de la abuela. A las siete, el teléfono de Sara vibró: su prima mandaba fotos del pueblo, la mesa larga, los niños corriendo. A las ocho vibró el de Diego: su hermano preguntaba si de verdad no iban a caer ni un rato, "la casa está a quince minutos, ni que fuera el pueblo". Diego dejó el teléfono bocabajo.

Sara lo escuchó dos veces. Diego miró la mesa puesta, el arbolito de su mamá, las llaves del coche en el plato de la entrada. Quince minutos, había dicho su hermano.

—¿Sara?

Cenaron a las nueve, con las copas que les regalaron en la boda. Brindaron por algo que no supieron nombrar y se rieron de no saber. A las diez y media volvió a sonar el teléfono de Sara. Era un audio de su mamá, cuarenta segundos: se oía la fiesta atrás, los primos, la música. "Hija. Ya cenamos. El bacalao quedó mejor que nunca, le guardé a Diego un tóper grande. Mañana no me lleguen tarde, y con cuidado en la carretera." Una pausa larga, con ruido de cocina. "Está bonito eso que hicieron. No sé si está bien, pero está bonito."

¿Deben tomar las llaves e ir a casa de doña Lucía esta noche?

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