Los domingos, Aurelio hacía el arroz rojo. Llevaba cuatro años intentando que le saliera como a Elvira y cuatro años fallando: o se le batía o le faltaba sal. Sus tres hijos se lo comían de todos modos, cada quien con su método: Marcela le exprimía limón, Damián lo revolvía con los frijoles, Fede pedía otro plato para que nadie preguntara nada.
Ese domingo el arroz salió bien. Suelto, rojo, con su rajita en medio. Después vino el mantel bueno, y luego la camisa que Aurelio usaba para los bautizos. A la hora del café carraspeó.
—El próximo domingo quiero que conozcan a alguien.
Se llamaba Delia. Sesenta y cuatro años, maestra jubilada, viuda como él. Se habían conocido en los bailes del parque de los Berros, en Xalapa, adonde el propio Fede lo había empujado a ir "para que se distrajera".
Delia llegó con un flan y con los nombres de los nietos ya aprendidos. Se reía de los chistes de Aurelio, que nunca habían sido buenos. Al despedirse lavó su taza y la dejó secando bocabajo, como quien conoce la cocina.
Los domingos siguientes llegó con dalias para la mesa, con hilo del grueso para el botón de Fede, con un rompecabezas para la nieta de Marcela. En octubre, Aurelio citó a los tres sin niños y lo dijo sin adornos: quería que Delia se viniera a vivir con él. A la casa de la calle Naranjos.
La casa donde los tres aprendieron a caminar. La casa que Elvira ayudó a pagar cosiendo vestidos de novia durante veinte años, encorvada en el cuarto de atrás, donde el costurero sigue tal cual, con el metro colgado de su clavo.
Nadie dijo nada hasta que Damián dejó su taza.
—Papá, yo nomás digo una cosa. Antes de cualquier mudanza hay que hacer un testamento. Para proteger a todos. A Delia también.
Damián, el que nunca llega a los cumpleaños pero les hace gratis la declaración de impuestos a todos. El que pagó sin avisar la impermeabilización del techo el año pasado.
—¿Proteger a quién? —dijo Aurelio—. ¿De quién?
—No es contra nadie —dijo Fede.
—Es papeleo, papá —dijo Marcela—. Todo el mundo lo hace.
—Tu madre y yo nunca hicimos ninguno.
—Por eso mismo —dijo Damián, y ahí se acabó la sobremesa.
Delia lo supo esa misma noche, quién sabe con cuántos detalles. El domingo siguiente llegó sin flan. Esperó a que sirvieran el café y habló mirando el mantel.
—Yo puedo rentar un departamento aquí cerca. Hay unos por el mercado, chicos pero decentes. Yo a esta casa no vine a quitarle nada a nadie.
—Tú no te vas a ningún lado —dijo Aurelio.
—Nadie ha dicho que se vaya —dijo Marcela.
Damián hizo de todos modos la cita con el notario: viernes a las diez, mandó al grupo, con dirección y todo. Aurelio dejó el mensaje en visto. Marcela escribió "ahí estaré". Fede puso un pulgar que después borró.
El jueves, Marcela pasó por la casa sin avisar, a dejar unos tuppers. Tocó dos veces y nadie abrió, así que rodeó por el pasillo del patio. Ahí estaba Delia, sola, con la regadera de lámina, mojando las buganvilias que Elvira plantó, quitándoles las hojas secas con la mano, despacio, como si fueran suyas. O como si no lo fueran: cada flor caída la iba juntando en una bolsita, sin tirar ninguna.
Marcela se quedó en la reja, con los tuppers calientes contra el pecho. Delia no la había visto. Adentro se oía a Aurelio silbando, y lo que salía de la cocina era olor a arroz.
Faltaba un día para la cita del notario.
—Tampoco nadie ha dicho que se quede —dijo Delia, y recogió los platos aunque le pidieron que los dejara.
¿Aurelio debe ir el viernes a la cita del notario?