Los domingos, Mauricio se levantaba antes que nadie y bajaba a la cochera con su café. El Impala 67 llevaba ahí desde antes que la casa tuviera cortinas: lo compró viejo e incompleto, y durante año y medio le metió sus ahorros y sus fines de semana. Para la restauración separó la carrocería del chasis; de un lado la estructura, del otro el motor y las cajas de piezas etiquetadas con plumón. La cochera parecía un quirófano a mitad de cirugía. No podía volver a armarse en una tarde. Ni en un mes.
Brenda se mudó con él durante la pandemia. Su coche —el que usaba a diario para ir a trabajar— quedó afuera, bajo los árboles. La resina le manchó el toldo; una granizada de abril le picó el cofre. El seguro no cubrió todo. Una noche, viendo el presupuesto del hojalatero, preguntó cuánto tiempo más iba a estar el Impala ocupando el techo de la casa.
—No es un coche todavía —dijo Mauricio—. Si lo muevo así, lo pierdo.
Le ofreció la bodega del fondo para sus cosas, un toldo de lona para el coche de ella. Brenda dijo que un toldo de lona. Que ella trabajaba con ese coche todos los días, y el de él llevaba tres años sin rodar.
La discusión no se resolvió. Solo dejó de decirse en voz alta.
En junio, Mauricio salió dos días de viaje. Al volver, Brenda lo recibió mejor que nunca: comida lista, pendientes resueltos. Él notó que el coche de ella ya no estaba bajo los árboles.
—Está en la cochera —sonrió Brenda—. Ve a ver.
El Impala había desaparecido. Completo: carrocería, chasis, motor, las cajas etiquetadas. Las cámaras de la casa lo tenían todo: Brenda abriendo el portón a una cuadrilla contratada, señalando qué se llevaban, firmando algo en una tabla. El destino era un deshuesadero de la salida a la carretera.
Mauricio miró el espacio vacío un rato largo. Después le dijo que empacara sus cosas, y al día siguiente presentó una denuncia con el título de propiedad, los recibos de año y medio y los videos.
Cuando la policía llegó al deshuesadero, el Impala estaba sobre un montacargas: lo subían a lo alto de una pila de autos, donde no se viera desde la entrada. Los del negocio dijeron tener papeles y no pudieron mostrarlos. Los números de serie coincidieron con el título de Mauricio. Hubo un detenido, y los agentes empezaron a revisar qué más había en esas pilas. El coche quedó asegurado como evidencia, con las piezas revueltas en un rincón del terreno.
Brenda se fue a casa de su madre. La primera semana no escribió. La segunda, sí: que ella pensó que era chatarra, que los del deshuesadero le dijeron que eso no valía nada, que jamás imaginó una denuncia. Que llevaba dos años sintiendo que en esa casa había lugar techado para un coche desarmado y no para ella. Un abogado le explicó lo que significaba un proceso: antecedentes, quizá más que eso. Trabajaba en un banco. Con antecedentes, no iba a trabajar en ningún banco.
Empezaron las llamadas. Amigos en común, primero. Luego la madre de Brenda, una sola vez, con la voz cansada de quien no durmió:
El jueves, el abogado de Mauricio le avisó: la fiscalía necesitaba que ratificara la denuncia el lunes a primera hora. Si no ratificaba, el asunto podía encaminarse a un acuerdo: Brenda pagaría una reparación en mensualidades, y todo quedaría en eso.
El domingo en la noche, Mauricio bajó a la cochera con su café. Estaba barrida y vacía. En el teléfono tenía dos mensajes sin contestar. El del abogado decía «¿Entonces a las nueve?».
El otro era de Brenda. Decía «¿Podemos hablar antes del lunes?».
—Estás destruyendo la vida de mi hija por un coche viejo.
¿Mauricio debe ratificar la denuncia el lunes a las nueve?