El tiempo se lo dieron en marzo, sentados en el auto estacionado frente al apartamento de Pocitos, después de una discusión que había empezado por una valija mal hecha y terminado en cuatro años de cosas no dichas. Camila lo propuso, Diego aceptó. Dos meses. Él se iría a lo de su hermano, en el Cerrito.
—¿Y esto qué es? —preguntó Diego, con las manos en el volante de un auto apagado.
—No sé. Un tiempo.
—¿Tiempo de qué? ¿Con qué reglas?
—No lo hagamos más difícil.
Los dos meses pasaron como pasan esas cosas: mal al principio, raro en el medio. Camila trabajaba en una agencia y se quedaba hasta tarde sin necesidad. Diego retomó el fútbol de los miércoles y aprendió a hacer risotto con su cuñada de instructora. Se extrañaron por mensajes cada vez menos cuidadosos. A la sexta semana ya se llamaban para contarse el día, como antes de estar mal.
En medio de la pausa hubo, para él, una noche. El cumpleaños de un amigo, una prima de alguien que se llamaba Antonella, un after en La Blanqueada. Se fueron juntos y él se fue de ahí antes del mediodía. No la volvió a ver ni la buscó. Antonella tampoco lo buscó a él, salvo un mensaje una semana después, que él respondió con amabilidad y punto final.
Para Camila no hubo noches. Hubo, durante esas semanas, una conversación larga con Nicolás, un compañero de la agencia: mensajes hasta las dos de la mañana, canciones compartidas, un "si estuvieras soltera en serio, esto sería distinto" que ella no contestó pero tampoco borró en el momento. No se vieron nunca fuera del trabajo. La noche antes de volver con Diego, Camila releyó toda la conversación, la borró completa y silenció el chat.
Volvieron en mayo, un domingo, con una mudanza chica: la ropa de Diego en tres bolsos y una planta nueva que compraron en el camino como si hiciera falta inaugurar algo. El primer mes fue mejor que cualquiera de los cuatro años anteriores. Cocinaban juntos. Apagaban el televisor para hablar. Eligieron muestras de pintura para el living y las pegaron con cinta en la pared: un verde seco, un arena, un rosado viejo que ninguno admitía haber elegido.
El segundo domingo de junio amaneció soleado y frío. Diego bajó por bizcochos, Camila calentó el agua. Desayunaron en la mesa del living, debajo de las muestras de pintura, con el sol cortando la mesa en dos. Ella tenía puesto un buzo de él. Hablaron de ir al Prado a la tarde, de la madre de ella, del cumpleaños del hermano.
Camila cebó otro mate y se lo pasó. Después dejó las manos quietas alrededor del termo.
—Te quiero preguntar algo y quiero que seamos grandes —dijo—. ¿Estuviste con alguien? En esos dos meses.
Diego se quedó con el mate por la mitad.
—¿De dónde viene eso?
—De ningún lado. Vamos a pintar un living juntos. No quiero empezar con mochilas.
—¿Vos estuviste con alguien?
—No —dijo Camila. Sostuvo la mirada—. No pasó nada con nadie.
Afuera, alguien baldeaba la vereda; se oía el agua y una radio lejana. La planta nueva estaba en la ventana, con una hoja amarilla que ninguno de los dos quería cortar todavía.
—Contestame vos —dijo ella, y no lo dijo con dureza. Le tocó la mano por arriba de la mesa—. No me voy a enojar. Solo quiero saber con qué empezamos.
Diego miró las muestras de pintura en la pared: el verde seco, el arena, el rosado viejo. Pensó que el arena iba a quedar bien con el sillón. Dejó el mate en la mesa, despacio, y le dio vuelta la mano a Camila, palma con palma.
—Cami —dijo.
Ella esperó.
Eso fue todo el reglamento que tuvieron.
¿Debe Diego decirle que sí estuvo con alguien?