El apartamento tenía tres cuartos, un calentador de paso con carácter difícil y un Excel compartido que se llamaba, sobriamente, "Gastos". Lo administraba Manuela, que estudiaba contaduría y disfrutaba ese tipo de poder discreto. Lucho ponía el mercado. Andrés, el tercero, era el que sabía qué llave cerrar cuando el calentador se ponía dramático.
Sara, la novia de Andrés, no vivía ahí. Eso quedaba claro cada vez que alguien lo mencionaba: no vivía ahí. Tenía su casa, con su mamá, al otro lado de la ciudad. Lo que pasaba era que se quedaba. Lunes no, martes casi siempre, y de miércoles a domingo con una regularidad que Manuela, en algún momento, empezó a registrar en una hoja aparte del Excel, por deporte estadístico: cinco noches por semana, promedio del trimestre.
Nadie tenía quejas de Sara como persona. Ese era, en cierto modo, el problema. Sara arregló el internet una noche entera hasta dejarlo mejor que nunca, hacía un pan de banano que desaparecía en horas, regaba las matas de Lucho cuando Lucho viajaba, y una vez le cosió el disfraz de la oficina a Manuela sin que se lo pidieran dos veces. También se bañaba todos los días, con agua caliente del calentador dramático, cocinaba pasta a las diez de la noche y cargaba dos dispositivos, tres si contaban la tablet.
La cuenta del gas llegó un martes, más alta que nunca. Manuela la puso sobre la mesa como quien presenta pruebas.
—Yo solo digo que somos cuatro y pagamos tres.
—Tres y medio —dijo Lucho, conciliador.
—Sara no vive aquí —dijo Andrés.
—Sara desayunó aquí hoy —dijo Manuela—. Huevos. Míos.
La propuesta, redactada esa noche por Manuela con títulos en negrita, era modesta: la pareja aportaría una proporción de servicios, calculada sobre noches efectivas de estadía. Había una tabla. Había, incluso, un descuento por los aportes no monetarios de Sara, rubro "pan de banano y afines", que Manuela consideró un gesto de buena voluntad contable.
Andrés leyó el documento dos veces y lo dejó en la mesa con delicadeza excesiva.
—¿Le van a cobrar arriendo a mi novia?
—Servicios. Proporcionales. Nadie dijo arriendo.
—Cuando el hermano de Lucho se quedó dos semanas, con el amigo, nadie cobró nada. Y el amigo se bañaba dos veces al día.
—Eso fue una visita —dijo Lucho, incómodo, porque el ejemplo era suyo—. Las visitas se acaban.
Andrés dijo que esto no era una casa, que era un peaje. Que el amor no factura. Manuela dijo que precisamente, que el amor no factura pero el gas sí, y que ella no era la suegra de nadie para subsidiar romances ajenos. Lucho propuso pedir pizza y fue ignorado.
Los días siguientes fueron de una cortesía espesa. Andrés lavaba los platos de Sara apenas ella soltaba el tenedor, con cara de estar limpiando la escena de un crimen que no existió. Sara, que no sabía nada, o eso creían, le llevó a Manuela un cargador nuevo porque la vio pelear con el suyo. Manuela dijo gracias con la voz de quien recibe un soborno y no sabe dónde meterlo. El calentador, ajeno al conflicto, se dañó el jueves, y fue Sara la que encontró el tutorial y sostuvo la linterna.
El domingo, Manuela convocó a reunión de casa. Orden del día: uno, calentador; dos, mercado; tres, "tema pendiente". Compraron empanadas para suavizar el ambiente. A las siete en punto, cuando Manuela abría el computador, sonó la puerta: era Sara, con una bandeja tapada con papel aluminio y la noticia de que había hecho lasaña para todos, porque le había quedado buenísima la última vez y en esta casa eran su familia.
Puso la bandeja en el centro de la mesa, exactamente sobre los papeles.
—¿Y esta reunión tan seria? —preguntó, sirviendo el primer plato, que le tocó a Manuela.
Lucho miró a Andrés. Andrés miró a Manuela. Manuela miró la lasaña.
—¿Y Sara cuándo se acaba? —preguntó Manuela, y el silencio que siguió fue tan largo que ella misma agregó—: Ustedes me entienden.
¿Deben cobrarle a Sara una parte de los servicios?