La casa de El Tabo la construyó el papá a fines de los ochenta, ladrillo a ladrillo los veranos, y los cuatro hermanos la heredaron hace seis años, junto con algo que nadie mencionó en la notaría: la cuota. Contribuciones, la humedad que levanta la pintura, la sal que se come las bisagras, y don Osvaldo, el cuidador que ya trabajaba para los papás y al que nadie se atrevería a despedir.
Ernesto, el segundo, ingeniero, lleva la administración porque alguien tenía que llevarla: planilla compartida, recibos escaneados, recordatorio de pago los días cinco. Paula va todos los veranos con sus hijos. Ernesto va en septiembre, solo, a hacer mantención. Claudio no pisa la casa hace dos años, desde que se fue a Concepción. Verónica hace tres, y hace uno dejó de pagar la cuota con un mensaje de una línea: "No la uso, no me corresponde". Claudio paga cuando se acuerda.
En invierno, Ernesto preguntó tres veces en el grupo por una cuota extraordinaria para el techo, que goteaba sobre la pieza chica. La primera vez nadie contestó. La segunda, tampoco. La tercera, Paula mandó un pulgar.
Lo que vino después se supo por partes. A Paula le llegó un mensaje de una amiga: "¿Esta no es la casa de tus papás? Nos encantó, la arrendamos para el dieciocho". Y un enlace.
La casa estaba en una plataforma de arriendo por día. Fotos profesionales: el quincho, la cocina con la cerámica que eligió la mamá, la pieza grande con la colcha de flores. Calificación casi perfecta. Una reseña decía: "Hermosa casa familiar, se nota que fue vivida con cariño". Otra traía fotos subidas por los huéspedes: gente desconocida haciendo un asado, una mujer tomando café apoyada en la mesa donde Paula hizo las tareas todos los veranos de su infancia.
La llamada grupal duró una hora y cuarenta minutos.
—¿Hace cuánto? —preguntó Paula.
—Seis meses. Solo los fines de semana que están vacíos, que son casi todos.
—¿Y cuándo pensabas contarnos?
—Cuando alguien contestara el grupo. Pregunté tres veces por el techo. Tres.
—Preguntaste por plata —dijo Verónica—. No preguntaste si podía dormir gente en la cama de la mamá.
Ernesto compartió pantalla. La planilla tenía cada arriendo, cada gasto, el seguro que contrató, la tarifa extra que ahora cobra don Osvaldo por limpieza y que lo tiene contento. Por primera vez desde la herencia, la casa se paga sola. El techo se arregló en abril. El excedente está en una cuenta a nombre de los cuatro, y Ernesto ofreció repartirlo o abonarlo a las cuotas de los que debían. Lo dijo así: "de los que debían".
—Esa casa no es un negocio —dijo Claudio—. Es la casa de mi mamá.
—La casa de tu mamá tenía el techo podrido y tú no mandaste ni el pulgar.
—¿Y las cosas de ella? ¿La loza, las fotos?
Nadie contestó nada durante unos segundos.
Paula agradeció lo del techo y después se quedó callada un rato largo. Verónica dijo que no era por plata, que ella justamente no había pedido nunca nada, y que por eso mismo dolía. Claudio dijo que había que verlo en persona, y alguien le recordó desde cuándo no iba en persona.
Quedaron de juntarse el domingo en casa de Paula, los cuatro, a votar: seguir arrendando, cerrar el calendario, o vender de una vez. La palabra vender la escribió Claudio en el grupo y nadie la borró.
Ernesto confirmó con un pulgar. Más tarde escribió: "Llevo la planilla impresa". Y a las once de la noche, un último mensaje, que a la mañana siguiente seguía sin respuesta: "Este fin de semana ya hay una reserva pagada, una familia con niños. ¿La cancelo o no?".
—Bajo llave en la pieza chica. Lo delicado lo guardé todo. —Ernesto hizo una pausa—. La colcha la dejé porque queda bien en las fotos.
¿Ernesto debe cancelar la reserva de este fin de semana?