Veredictum
Un caso al día. Tú juzgas.
Caso Nº 029 · 2 de septiembre de 2026
parejadinerosuegros

Los papás de ella pagan el departamento y su mamá tiene copia de la llave. Él encontró un monoambiente que pueden pagar solos.

Los sábados, Franco hacía tostadas francesas con el pan que sobraba del café donde trabajaba, y Emilia ponía la mesa en el balcón, que era la parte que más le gustaba del departamento. Vivían juntos hacía un año, a cuatro cuadras de la facultad de ella, en un tres ambientes con parqué y portero. El perro, un mestizo llamado Vito, dormía al sol.

El departamento lo pagaban casi completo los papás de Emilia. Lo habían ofrecido ellos cuando la pareja decidió mudarse: "Para que estés cerca de la facultad y no pierdas el año viajando". Lo decían con gusto, sin cara de sacrificio. El papá de Emilia había pagado también al veterinario cuando Vito se comió una media, y la mamá aparecía los jueves con tuppers y bolsas del supermercado, abría la heladera como quien abre la suya, y acomodaba.

Franco ponía lo que podía: los servicios, el súper de la semana, arreglos chicos. Trabajaba seis horas en el café y cursaba de noche. En una libreta que Emilia había visto sin querer, llevaba una cuenta con un título subrayado dos veces: "Nuestro".

Un domingo, después de las tostadas, Franco puso el teléfono sobre la mesa. Un monoambiente en un barrio a cuarenta minutos de la facultad, interno, sin balcón. La mitad de metros. Pero la cifra de abajo era una que ellos dos, sumando el sueldo de él y las clases particulares de ella, podían pagar solos.

—Prefiero poco y nuestro —dijo Franco.

Emilia miró las fotos con atención, porque quería quererlo.

—Ya tenemos nuestro —dijo—. Acá vivimos nosotros.

—Vivimos nosotros, pero opinan ellos. Tu mamá cambió el sillón de lugar. Dos veces. Yo lo volví a poner y ella lo volvió a cambiar.

—Porque tapaba la estufa.

—Tu papá me preguntó cuánto gano, Emi. En mi cumpleaños.

—Te lo preguntó porque le caés bien. Así se preocupa él.

No era mentira. Tampoco era mentira lo del sillón, ni que la mamá había opinado que Vito era mucho perro para un departamento, ni que cuando los amigos de Franco se quedaron hasta tarde un viernes, al día siguiente hubo un llamado que Emilia atendió en el balcón, en voz baja. Pero también era cierto que los papás nunca habían pedido nada a cambio, que la plata les sobraba menos de lo que aparentaban, y que a Emilia la carrera le exigía todo: mudarse lejos era sumar dos horas de viaje por día en el año más pesado del plan de estudios.

—No es orgullo —dijo Franco, aunque nadie había dicho esa palabra—. Es que quiero que la puerta la abramos con nuestra llave.

—La llave ya es nuestra.

Emilia se rio, y Franco también, de a poco, porque era verdad y era gracioso y era el problema entero en una frase.

Esa semana no hablaron del tema, pero el tema estuvo. Franco dejó de anotar en la libreta. Emilia, sin decirle, buscó cuánto salía un alquiler a mitad de camino: los números no daban sin ayuda, salvo que ella tomara más alumnos y él más turnos, y entonces no daban las horas. El jueves, la mamá llegó con los tuppers y una cortina nueva "porque esa no abriga", y Emilia la recibió con un beso y la miró colgarla sin decir nada, y esa noche estuvo callada de una manera que Franco conocía.

El sábado fueron a ver el monoambiente, "solo para ver", dijo Emilia. Era chico de verdad. La ventana daba a un pulmón de manzana gris. Vito no iba a tener sol. Pero había una pared larga y vacía, y Emilia se quedó parada frente a esa pared un rato largo, midiéndola con pasos, como hacía en los lugares que le importaban.

—Acá entraría la biblioteca —dijo, sin darse vuelta.

Franco no contestó. En el bolsillo traía la seña justa, contada dos veces. La dueña esperaba en la cocina, con los papeles listos, y desde el balcón del departamento de siempre, a cuarenta minutos de ahí, la mesa del domingo seguía puesta.

—La copia la tiene tu mamá.

¿Deben dar la seña del monoambiente?

Seguir leyendo033 · A los veintidós firmaron en una servilleta que el que ganara más pagaría un viaje si a los treinta y cinco seguían solteros. Él la puso sobre la mesa.hoy028 · Llevaba seis meses arrendando por día la casa que construyó su papá. Sus hermanos lo supieron por una amiga que la reservó para el dieciocho.sin votar027 · La novia de uno «no vive ahí», pero se queda cinco noches por semana. Llegó la cuenta del gas y alguien hizo una tabla.sin votar026 · Se dieron dos meses sin decir con qué reglas. Volvieron mejor que nunca, y un domingo ella preguntó, después de borrar su propia conversación.sin votarVer el archivo completo →