Doña Eugenia tiene ochenta y dos años y una sola regla innegociable: el café se muele en casa. Todo lo demás lo fue soltando sin drama —el coche, las escaleras, las ollas grandes—, pero el molinito eléctrico sigue sonando cada mañana en su departamento de Guadalajara. Los médicos dicen que está lúcida, y es verdad: corrige fechas que los demás dan por perdidas. Lo que ya no puede es estar sola todo el día. Se le olvida la estufa, se marea al agacharse, y una tarde pasó tres horas en el sillón porque el teléfono quedó del otro lado de la sala.
Después de eso, los tres hijos armaron un calendario. Marta tomó dos domingos al mes porque vive a diez minutos. Rubén tomó otro. El cuarto era de Diego, hasta que a Diego lo trasladaron a Monterrey, con todo y esposa, gemelas y un trabajo que no entiende de fines de semana.
Diego propuso una solución en el chat familiar: él no podía poner el cuerpo, pero podía poner otra cosa. Cada mes deposita una cantidad que a Marta le pareció, la primera vez, casi ofensiva de tan generosa. Con eso se paga a Silvia, una acompañante que recomendó la geriatra, los domingos que le tocarían a él. Sobra dinero, y el sobrante se va juntando en una cuenta para medicinas.
Silvia llega a las nueve. Muele el café, porque doña Eugenia se lo enseñó el primer día y ya no la deja hacerlo de otro modo. La lleva al tianguis, le pinta las uñas de un rosa que Marta jamás se habría atrevido a proponerle, y juegan lotería con frijoles de verdad. Fue Silvia quien le enseñó a hacer videollamadas; ahora doña Eugenia ve a las gemelas de Monterrey más veces por semana que a algunos de sus vecinos.
Marta lleva la cuenta sin querer llevarla: Diego no viene desde diciembre. Los depósitos, en cambio, no han fallado nunca. En diciembre llegó uno doble, con una nota: "para el aguinaldo de Silvia".
—Un domingo es un domingo —dijo Rubén un sábado, mientras acomodaban la despensa de su mamá—. No es una factura.
—Tú el domingo pasado trabajaste con la laptop en la mesa —dijo Marta—. Y yo una vez me pasé la tarde contestando el teléfono. Silvia no saca el teléfono nunca. Le pregunté a mi mamá.
—No es lo mismo.
—Eso digo yo. Nada más que no sé para cuál lado.
Le preguntaron a doña Eugenia un domingo de Marta, con ese tono casual que usan los hijos cuando la pregunta no es casual.
—¿Tú qué opinas de Silvia, mamá?
—Me cae muy bien. Me gana en la lotería y no se deja ganar, que es distinto.
—¿Y no extrañas a Diego?
Marta y Rubén se fueron callados en el coche.
El asunto habría quedado ahí de no ser por el cierre fiscal. Rubén, que es contador, llegó un martes a casa de Marta con cara de pocas horas de sueño.
—El mes que entra no voy a poder ni un domingo. —Se frotó los ojos—. ¿Le hablo a Silvia? Yo lo pago, obvio.
Marta dejó la taza en la mesa.
—¿Cómo que le hablas a Silvia?
—Lo mismo que hace Diego. Si a mi mamá le funciona...
—Diego vive a ocho horas.
—¿Entonces la distancia es lo que lo vuelve válido? —Rubén sonrió sin ganas—. Explícame la regla, porque yo ya no la entiendo.
Marta no la explicó, porque no la tenía.
Esa noche abrió el chat de los hermanos. Diego acababa de subir una foto: las gemelas frente a la pantalla, saludando a la abuela, que salía pixeleada y muerta de risa, con las uñas rosas. "Silvia se la puso al tiro", escribió Diego. "Y dice mi mamá que el miércoles hay revancha de lotería."
Marta escribió un mensaje. Lo borró. Escribió otro más corto y también lo borró. El tercero decía solamente: "Hay que hablar de los domingos". Lo dejó ahí, escrito, sin enviar, mientras el teléfono le avisaba que su mamá acababa de ganar otra partida.
—Diego me habla los miércoles. —Sirvió el café—. Ustedes a veces vienen y están, y a veces vienen y no están. Silvia siempre está.
¿Marta debe aceptar que Rubén también le pague a Silvia el mes que entra?